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CONSEJOS DE GRANDES ESCRITORES (4) Mario Vargas Llosa

 Lo que no se cuenta.

  • Si un novelista, a la hora de contar una historia, no se impone ciertos límites (es decir, si no se resigna a esconder ciertos datos), la historia que cuenta no tendría principio ni fin.
  • El «dato escondido» es necesario en toda novela, sin importar el género de la misma, no siendo verdad que esta técnica solo se deba utilizar en géneros como el misterio, terror, ciencia ficción, fantasía…, sino que es imprescindible en todos para captar el interés del lector, y que sea el mismo quien vaya, de la mano del narrador, adentrándose en la trama de nuestra obra, simpatizando con los personajes, creyendo de verdad la historia que está leyendo (verosimilitud).

«El ‘dato escondido’ o narrar por omisión no puede ser gratuito y arbitrario. Es preciso que el silencio del narrador sea significativo, que ejerza una influencia inequívoca sobre la parte explícita de la historia, que esa ausencia se haga sentir y active la curiosidad, la expectativa y la fantasía del lector».

Mario Vargas Llosa

Escoger un tema.

  • En toda ficción, aun en la de la imaginación más libérrima, es posible rastrear un punto de partida, una semilla íntima, visceralmente ligado a una suma de vivencias de quien la fraguó. Me atrevo a sostener que no hay excepciones a esta regla y que, por lo tanto, la invención químicamente pura no existe en el dominio literario.
  • El novelista que no escribe sobre aquello que en su fuero recóndito lo estimula y exige, y fríamente escoge asuntos o temas de una manera racional, porque piensa que de este modo alcanzará mejor el éxito, es inauténtico y lo más probable es que, por ello, sea también un mal novelista (aunque alcance el éxito: las listas de bestsellers están llenas de muy malos novelistas).

El talento y la dedicación.

  • Sólo quien entra en literatura como se entra en religión, dispuesto a dedicar a esa vocación su tiempo, su energía, su esfuerzo, está en condiciones de llegar a ser verdaderamente un escritor y escribir una obra que lo trascienda.
  • No hay novelistas precoces. Todos los grandes, los admirables novelistas, fueron, al principio, escribidores aprendices cuyo talento se fue gestando a base de constancia y convicción.
  • El reconocimiento a veces rehuye a quien más lo merece y asedia y abruma a quien menos. Quien ve en el éxito el estímulo esencial de su vocación, es probable que vea frustrado el sueño y confunda la vocación literaria con la vocación por el relumbrón y los beneficios económicos que a ciertos escritores (muy pocos) depara la literatura.

Sobre la autenticidad en la novela.

  • La ficción es, por definición, una impostura -una realidad que no es y sin embargo finge serlo- y toda novela es una mentira que se hace pasar por verdad, una creación cuyo poder de persuasión depende exclusivamente del empleo eficaz de unas técnicas de ilusionismo y prestidigitación semejantes a las de los magos de los circos o teatros.
  • En esto consiste la autenticidad o sinceridad del novelista: en aceptar sus propios demonios y en servirlos a la medida de sus fuerzas.
  • La mala novela que carece de poder de persuasión, o lo tiene muy débil, no nos convence de la verdad de la mentira que nos cuenta.
  • La historia que cuenta una novela puede ser incoherente, pero el lenguaje que la plasma debe ser coherente para que aquella incoherencia finja exitosamente ser genuina y vivir.
  • La literatura es puro artificio, pero la gran literatura consigue disimularlo y la mediocre lo delata.

El narrador.

  • Para contar por escrito una historia, todo novelista inventa a un narrador, su representante o plenipotenciario en la ficción, él mismo una ficción, pues, como los otros personajes a los que va a contar, está hecho de palabras y sólo vive por y para esa novela.

El tiempo y el espacio.

  • El de las novelas es un tiempo construido a partir del tiempo psicológico, no del cronológico, un tiempo subjetivo al que la artesanía del novelista da apariencia de objetividad, consiguiendo de este modo que su novela tome distancia y diferencie del mundo real.
  • Lo importante es saber que en toda novela hay un punto de vista espacial, otro temporal y otro de nivel de realidad, y que, aunque muchas veces no sea muy notorio, los tres son esencialmente autónomos, diferentes uno de otro, y que de la manera como ellos se armonizan y combinan resulta aquella coherencia interna que es el poder de persuasión de una novela.
Biografia de Mario Vargas Llosa

Biografía de Mario Vargas Llosa

Mario Vargas Llosa nació en 1936 en Arequipa, Perú. Durante los primeros años estuvo al cuidado de sus abuelos maternos y de su madre, pues sus padres se habían separado pocos meses antes de su nacimiento. Años más tarde el matrimonio retomó su relación y toda la familia se mudó a Lima, donde fue enviado a un colegio militar, que resultó ser, con el tiempo, el escenario de sus primeros textos.

Antes de cumplir los quince años ya había publicado artículos en un periódico local y había estrenado su primera obra de teatro: La huida del Inca. Estudió Literatura en la Universidad Nacional de San Marcos de Lima y, aunque convencido de su vocación literaria, cursó también los estudios de Derecho.

En 1957, con dos libros publicados (Los jefes y El abuelo), se mudó a Madrid y tres años más tarde, a París. En 1963, La ciudad y los perros, se alzó con el premio Biblioteca Breve y, poco después, ganó el premio de la Crítica Española. La Casa Verde (premio Rómulo Gallegos, 1965) y Conversación en La Catedral, publicada en 1969, lo situaron en primera línea del boom de la literatura latinoamericana.

En la década de los 70, Vargas Llosa se dedicó tanto al ensayo como a la sátira (Pantaleón y las visitadoras) y a la novela (La tía Julia y el escribidor). En los años ochenta indaga en el mesianismo y en el ideal revolucionario del continente con un par de novelas (La guerra del fin del mundo, 1981; e Historia de Mayta, 1984). Premio Cervantes en 1984, premio Príncipe de Asturias de las Letras en 1986, la década concluyó con su candidatura como presidente del Perú en las elecciones de 1990, en las que fue derrotado por Alberto Fujimori.

En 1993 publicó sus memorias, El pez en el agua, y la novela Los cuadernos de don Rigoberto. En 2000 recreó la figura del dictador latinoamericano en La Fiesta del Chivo. Homenajeado con diversos premios y honoris causa por las más prestigiosas universidades del mundo (Yale, 1994; Harvard, 1999; San Marcos de Lima, 2001; Oxford, 2003; La Sorbona, 2005), en 2010 recibió el premio Nobel. Desde 1994 es miembro de la Real Academia Española.

Su obra más reciente consta de varios ensayos (Sables y utopías, 2009; La civilización del espectáculo, 2012; La llamada de la tribu, 2018) y las novelas Travesuras de la niña mala (2006) y El sueño del celta (2011), El héroe discreto (2013), Cinco Esquinas (2016) y Tiempos recios (2019).

Fuente: Cátedra Vargas Llosa.

Fragmentos de novelas de Mario Vargas Llosa

” Nos han dejado sin secretos, mi amor. Esa soy yo, esclavo y amor, tu ofrenda. Abierta en canal como una tórtola por el cuchillo del amor. Rajada y latiendo, yo. Lenta masturbación, yo. Chorro de almíbar, yo. Dédalo y sensación, yo. Ovario mágico, semen, sangre y rocío del amanecer: yo. Esa es mi cara para ti, a la hora de los sentidos. Esa soy yo cuando, por ti, me saco la piel de diario y de días feriados. Esa será mi alma, tal vez. Tuya de ti. “

Elogio de la madrastra

– Cuatro- dijo el Jaguar.
Los rostros se suavizaron en el resplandor vacilante que el globo de luz difundía por el recinto, a través de escasas partículas limpias de vidrio: el peligro había desaparecido para todos, salvo para Porfirio Cava. Los dados estaban quietos, marcaban tres y uno, su blancura contrastaba con el suelo sucio.
-Cuatro -repitió el Jaguar-. ¿Quién?
-Yo -murmuró Cava-. Dije cuatro.
-Apúrate -replicó el Jaguar-. Ya sabes, el segundo de la izquierda.
Cava sintió frío. Los baños estaban al fondo de las cuadras, separados de ellas por una delgada puerta de madera, y no tenían ventanas. En años anteriores, el invierno sólo llegaba al dormitorio de los cadetes, colándose por los vidrios rotos y las rendijas; pero este año era agresivo y casi ningún rincón del colegio se libraba del viento, que, en las noches, conseguía penetrar hasta en los baños, disipar la hediondez acumulada durante el día y destruir su atmósfera tibia. Pero Cava había nacido y vivido en la sierra, estaba acostumbrado al invierno: era el miedo lo que erizaba su piel. 

La ciudad y los perros

En ese tiempo remoto, yo era muy joven y vivía con mis abuelos en una quinta de paredes blancas de la calle Ocharán, en Miraflores. Estudiaba en San Marcos, Derecho, creo, resignado a ganarme más tarde la vida con una profesión liberal, aunque, en el fondo, me hubiera gustado más llegar a ser un escritor. Tenía un trabajo de título pomposo, sueldo modesto, apropiaciones ilícitas y horario elástico: director de Informaciones de Radio Panamericana. Consistía en recortar las noticias interesantes que aparecían en los diarios y maquillarlas un poco para que se leyeran en los boletines.
La redacción a mis órdenes era un muchacho de pelos engomados y amante de las catástrofes llamado Pascual. Había boletines cada hora, de un minuto, salvo los de mediodía y de las nueve, que eran de quince, pero nosotros preparábamos varios a la vez, de modo que yo andaba mucho en la calle, tomando cafecitos en la Colmena, alguna vez en clases, o en las oficinas de Radio Central, más animadas que las de mi trabajo.

La tía Julia y el escribidor

 Sí, pues, antes de entrar a Pantilandia estuve de “lavandera”, como dijiste, y después donde Moquitos. Hay quienes se creen que las “lavanderas” ganan horrores y se pasan la gran vida. Una mentira de este tamaño, Sinchi. Es un trabajo jodidí, fregadísimo, caminar todo el día, se le ponen a una los pies así de hinchados y muchas veces por las puras, para regresar a la casa con los crespos hechos, sin haber levantado un cliente. Y encima tu cafiche te muele porque no has traído cigarrillos. Tú dirás para qué un cachife, entonces. Porque si no tienes, nadie te respeta, te asaltan, te roban, te sientes desamparada, y, además, Sinchi ¿a quién le gusta vivir sola, sin hombre? Sí, me desvié otra vez, ahora hablo de eso. Era para que sepas por qué, cuanod de repente se corrió la voz que en Pantilandia daban contratos con sueldos fijos, domingos libres y hasta viajes, bueno, fue la locura de las “lavanderas”. Era la lotería, Sinchi, ¿no te has cuenta? Un trabajo seguro, sin tener que buscar clientes porque había para regalar, y encima tratadas con toda consideración. Nos parecía un sueño, pues. Fue la atropellada hacia el río Itaya. Pero aunque todas volamos, sólo había contratos para unas pocas y nosotras éramos un chuchonal, ay perdona. Y, además, con la Chuchupe de jefaza ahí, no había manera de entrar.
El señor Pantoja le hacía caso a todos sus consejos y ella siempre prefería a las que habían trabajado en casa de Nanay. Por ejemplo, a las que venían de la competencia, los bulines de Moquitos, las aguantaba y les ponía toda clase de peros y les cobraba unas comisiones bárbaras. Y a las “lavanderas” todavía peor, nos desmoralizaba diciendo al señor Pantoja que no le gustan las que vienen de la calle, como las perritas, sino las que han trabajado en domicilio conocido. Quería decir casa Chuchupe, claro. Desgraciada, me estuvo cerrando el paso lo menos cuatro meses.

Pantaleón y las visitadoras
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