Antes de dar por terminado un escrito, deberíamos hacer una revisión profunda de los siguientes puntos:
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Muletillas. Al igual que en la lengua hablada, usamos frases hechas que se repiten, sin una misión específica, con el único propósito de rellenar el hueco. Si se suprimen no alteran el significado del texto. Son difíciles de detectar (pues se escapan sin darnos cuenta) y empobrecen el resultado.
Está claro que somos humanos. A decir verdad, todos erramos. Al fin y al cabo, rectificar es de sabios. De hecho, para rectificar, primero hay que equivocarse.
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Solecismos. Errores graves en la construcción, en la concordancia y en el mal uso de las preposiciones.
“La gran masa de participantes, entre los que se encontraban los más críticos al régimen, fueron detenidos por las fuerzas policiales”.
Error de concordancia: La gran masa fueron detenidos.
“Sintió un amor por su primera esposa que con el tiempo se hizo más grande”.
Error de construcción. Entendemos que lo que se hizo más grande fue su esposa.
“Había muchos asuntos a tratar”.
Mal uso de la preposición “a”, que debería ser “por” o “que”.
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Adverbios valorativos. Reducirlos al máximo.
“La casa era tremendamente grande y con muchísimas habitaciones, lo que me hacía sentir enormemente desorientado”.
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Redundancia de ideas y pleonasmos. Entorpecen la lectura y acaban con la paciencia del lector.
Si una palabra, o idea, ya guarda el significado que buscamos, no emplear una segunda para expresar lo mismo.
“Entró en el interior de la morada”.
“Entró en la morada”.
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Deberíamos confeccionar una lista negra que recogiese aquellas palabras y expresiones que queremos desterrar de nuestra escritura (forman parte de las muletillas y se nos escapan al margen de nuestra voluntad): “todo”, “vi cómo”, “existe”, “parece que”, “sentí que”…
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Cacofonías. La repetición de sonidos cercanos incomoda la lectura. Si no es nuestro propósito buscarle a la escritura la belleza de figuras literarias como las aliteraciones o las paronomasias, lo mejor es suprimir la reiteración de fonemas y de palabras cercanas.
“Tómate el té y te vas a sentir mejor”
”Va a averiguar si…”.
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Mal uso del gerundio.
“La víctima fue agredida en su casa, muriendo horas después en el hospital”.
El gerundio no se emplea (entre otros errores) para tiempos que no sean simultáneos o anteriores a la acción principal.
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Modismos.
“Como siempre, Anita estuvo papando moscas toda la clase”.
El lector no tiene por qué conocer el significado que guardan todas las frases hechas, ni el contexto en que se emplean. Si queremos facilitar la lectura, deberíamos evitar estas frases de estructura fija con un sentido que no se puede deducir del significado de las palabras que las forman.
“Era obvio que tarde o temprano Lucas iba a tirar la toalla”.
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Dequeísmo. Emplear “de que” tras un verbo que no se rige por la preposición “de”.
“Pienso de que no tenía importancia”.
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Queísmo. No emplear “de” tras un verbo que sí se rige por la preposición “de”.
“¿Qué hablas?”
”Me di cuenta que no sabía lo que decía”.
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Abuso de extranjerismos. Si estas palabras aún no están aceptadas por la RAE, o no existe una alternativa en español, usaremos la letra cursiva.
“Nos hicimos un selfie”.
Debemos también prestar atención a los falsos amigos mal traducidos al español.
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Otro error, antes de dar por terminado un texto, sería el de no revisar la posible impropiedad de las palabras. Ante la duda es mejor no emplearla. Aunque para eso ya está el diccionario.
“La casa, que guardaba hechos tan bizarros y extraños, infundía miedo”.
Por mucho que nos guste la palabra “bizarro”, aquí no está en su contexto.
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Una buena elección del léxico, además de por escoger la palabra precisa en el contexto adecuado, pasa por no emplear palabras demasiado largas o complicadas, por preferir las concretas a las abstractas o con significado demasiado amplio y por evitar la aburrida reiteración palabras.
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