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El Aroma del alma (2018)

Jesús María de Val

Madrid, 1933. Cuando a una espía de la Segunda República la persigue su propia gente y medio partido Nazi, tal vez no sea el mejor momento de enamorarse de ella

El Aroma del alma tiene algo que ninguno de mis trabajos tendrá nunca: ser lo primero que escribí. Conserva la frescura de la inocencia y de la ilusión en un tiempo en el que hice de los cafés madrileños la mesa de mi escritorio y de sus servilletas el papel de mis cuadernos (no es metáfora). Ha estado recibiendo polvo de un cajón todos estos años (esto sí es metáfora) hasta que fue hallada recientemente por esas casualidades del azar.

Fragmentos de El Aroma del alma

[…] El cristal le capturó el reflejo a la edición del diario El Liberal que descansaba sobre sus piernas. 29 de octubre de 1933. La fecha había sido marcada en la agenda de más de una veintena de agentes con el mismo grosor que un niño señala la cita de su cumpleaños. Fue tan inesperado ser asignada al tren, que aún no creía estar en él. Ni ser la indicada. Ella tenía muchas virtudes, pero eran todas de princesa. Era… Era… A decir verdad era una jovencita impaciente, de proceder indeciso, un poco huraña y de nada buen carácter cuando se le rascaba la superficie. Cualidades todas muy alejadas a lo que ella pensaba que debería ser una espía. Pero allí estaba, a golpe de raíl y sonido a maderas rotas, a pique de encarar su primera misión.

Había superado las pruebas de reclutamiento, incluyendo los estoicos días que resistió en una localidad de la sierra madrileña, donde estuvo expuesta a un abanico de evaluaciones que sometían su improvisación a las pruebas más enfermas que una mente pudiera idear. O eso fue lo que pensó entonces. Y Nácar, como comenzaron a llamarla, aún no sabía cómo hubo adquirido la determinación que la llevó al éxito. Fuera quizá su deseo de abandonar el tedio de una vida entregada a los libros de antropología y a una tesis doctoral que había comenzado por cuarta vez y que estaba segura de que no acabaría. Miró a sus compañeras y se hundió en el asiento atrapada como un ratoncito que, engañado por el queso, agoniza en el cepo. Supo que no era como ellas. Su verdadero mundo era el gris y su razón de ser la seguridad de su cenicienta vida. Nada cambiaría eso, ni que los mayores deseos se burlan de una cuando se alzan sobre los miedos, tornándose reales. Ahora debía poner en riesgo su vida, pudiendo hallarse al hogar de un fuego mientras acababa su tesis doctoral sobre cultos y ritos en América Central.

Pero ya era tarde. Comprendió con plenitud que nunca volvería a la seguridad de su jaula. (El Aroma del alma)

[…] Sabía que iba a morir. Yacía en un lodazal prisionera en su cuerpo, sin otro impulso que las convulsiones involuntarias. Habría gritado, pero la voz se redujo a estrangulados estertores y la voluntad se desvaneció ahogada en el miedo. Si al menos pudiera arrastrarse más allá de los matorrales, donde alguien la viera… Pero los miembros sólo obedecían a secos espasmos. Apretó los puños contra las hojas del otoño. El barro se mezcló en la melena castaña. Los insectos le treparon las muñecas sin diferenciar la carne de la tierra. Enfrentó la mirada a la luna, que entraba como ella en su plenitud. La blancura salpicaba las hojas más altas. Y más allá no distinguió otra cosa, sólo la emanación de la humedad y el sonido entrecortado de las ráfagas de insectos. La vida se le iba ajena al dolor de su vientre hecho pedazos, que había dejado de sentir casi desde que se lo abrieron.

Entre más convulsiones y el frío intenso buscó la serenidad del alma. No habría esperado trascender a la muerte, pero ahora que se enfrentaba a ella necesitaba el consuelo de la esperanza. Tanto quedaba por hacer. Apenas sí había comenzado a vivir. No encontró pensamiento que le ofreciera la paz, ni emoción que no se desatase en pánico, como una tormenta que buscando un cruce de vuelta a la vida le traspasó el rostro, dibujándole una mueca de dolor. Una lágrima se deslizó hacia el mentón, y allí quedó a razón de un instante, suspendida en un brillo hasta que otra convulsión arrojó ese vestigio de su alma al barrizal. El aire agitó las hojas murmurándole el grave lamento de las ánimas. Bien habría espantado a las sombras carroñeras, aunque fuese a golpes con el alma, pero la candela de la conciencia no ardía. Llevada por este penoso conocimiento, ya entregada a los espectros, se empapó en el amor de los seres queridos. Le funcionó. Sintió un hilillo de paz antes de que un viento frío le extinguiese la última llama. (El Aroma del alma)

[…]La piedra despedía un espeso olor a humedad mezclado con orín. Pero a ella no le importó porque podía oler a Luis. Le deslizó la mirada hacia los contornos más delicados y a eso que le emanaba de la entrepierna. ¿Por qué no?, se dijo. Sentir hambre por aquello era la opción menos mala. Pues la mejor habría sido escurrirle la mano por la pernera hasta encontrarle el sexo. Y se avergonzó, pero los ojos se habían quedado atrapados en el deseo de esos pliegues. Y volvió a sentir el arrebato,  y a notarse el pecho endurecido como dos cumbres coronadas por el hielo. Pero no era frío lo que sentía. Era un ardor que le subía desde el vientre arrancándole una gota de sudor que se depositó sobre los labios. Se le apretaron los muslos y los dedos de los pies se retorcieron como amantes que se buscan por primera vez. Sólo eso necesitó para que la opción menos mala huyese de tomarle el unicornio dorado a Luis entre los dedos, y jugar con él en su fantasía hasta descubrir su elegancia. Probar el caramelo de su redondez y cabalgarlo como una doncella traviesa. Sintió la caricia de su propia humedad. Y notó ese umbral donde no hay vuelta atrás. Apretó los puños. Sin poder evitarlo, un continuo espasmo le arrebató los muslos en un gozoso baile de estallidos convulsos. Abandonó su cuerpo sobre el dorado unicornio, invencible y poderosa, hasta elevarse en libertad. Y se sintió especial y única, girando en su noria de caballitos, imparable y sin escalas, de Madrid al cielo. (El Aroma del alma)

[…] Ya no estaba asustada. Por eso, cuando él apareció de la nada silencioso como un ángel negro, no se alarmó. No era una bestia. Llevaba sombrero alto. Extrajo el brazo de entre los pliegues de la capa española tendiéndole la mano. La aceptó para salir de los escombros, quedándole el rostro a un par de pulgadas de los labios, dos más de las que ella deseaba. Le ofreció el contorno de sus ojos agrisados y los mechones rojos. Y recibió de buen grado la cercanía de su aliento, en no supo qué embrujo alimentado por la adrenalina, que le hirvió un cóctel en la sangre. Soltó el filo y se abandonó a él. Probó algo salvaje en sus labios, pero cuando se dio cuenta era demasiado tarde. El caballero le había arrancado la ropa, sintiéndole la sangre palpitar bajo la piel. Ella notó la presión del abrazo en su espalda y la penetración en el vientre del filo de una garra. Se apretó a él. Y prefirió morir así, sin separase de sus labios.(El Aroma del alma)

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